octubre 29, 2025

Source: Web Hispania

En 2023, Hispanic Executive publicó un artículo en el que promovía los términos «Latinx» y «Latine» como alternativas «inclusivas» a «Hispanic» o incluso «Latino», y repetía el viejo mito de que la conquista española de América causó «el mayor genocidio de la historia». Esta respuesta cuestiona ambas afirmaciones, exponiendo el sesgo ideológico que hay detrás de ellas y defendiendo la legitimidad histórica, lingüística y cultural de la identidad hispana frente a la última ola de imposiciones culturales angloamericanas.

En julio de 2023, la revista Hispanic Executive publicó un artículo titulado A Brief Explainer on Latine and Latinx. En él, estos neologismos se presentaban como los “términos más inclusivos” para referirse a las comunidades de origen latinoamericano en Estados Unidos. Al mismo tiempo, el texto repetía sin espíritu crítico el mito de que la conquista de América supuso “el mayor genocidio de la historia”, invocando la cifra mágica de 56 millones de indígenas asesinados.

Resulta llamativo que una publicación cuya misión declarada es “cerrar la brecha de oportunidades” y “mantener los más altos estándares de calidad” difunda cifras sin respaldo historiográfico y conceptos importados desde la academia anglosajona —más ideológicos que científicos—. Desde una perspectiva hispana, merece la pena responder con rigor histórico, lingüístico y cultural.

Al fin y al cabo, si el objetivo es “inspirar y conectar” a los ejecutivos hispanos en Estados Unidos, el primer paso debería ser respetar su historia real y su lengua, no promover relatos distorsionados que refuercen clichés y debiliten identidades.

El mito de los “56 millones”

La afirmación de que “56 millones” de indígenas murieron —presentada en el artículo de Hispanic Executive como un hecho incuestionable— es en realidad una especulación inflada nacida en los años sesenta del siglo XX. Investigadores como Sherburne F. Cook y Woodrow Borah propusieron estimaciones extremadamente altas de población precolombina y un posterior colapso drástico tras el contacto europeo. Sin embargo, tales cifras carecen de documentación sólida: son cálculos retrospectivos basados en supuestos demográficos sumamente frágiles.

El historiador David Henige, en su obra Numbers from Nowhere: The American Indian Contact Population Debate (1998), lo resumió con contundencia: esas cifras se han repetido una y otra vez sin ninguna crítica, hasta convertirse en un dogma político más que en una conclusión académica. Henige denunció la “credulidad matemática” de quienes convierten simples hipótesis en certezas incuestionables.

No existe consenso historiográfico serio que avale la cifra de “56 millones”, y mucho menos la idea de que la conquista de América constituyera “el mayor genocidio de la historia”. Tal lenguaje pertenece al ámbito de la retórica militante, no al de la investigación histórica rigurosa.

Debe recordarse que las muertes en América fueron el resultado de múltiples factores, siendo las epidemias involuntarias con diferencia el más decisivo y devastador —como reconocen incluso los cronistas contemporáneos—. Atribuir toda la mortalidad a un supuesto “genocidio español” no solo es una manipulación histórica, sino también un insulto a la complejidad de los procesos demográficos y culturales que se desarrollaron tras 1492.

Latinx/Latine: un producto anglosajón destinado a borrar identidades

El artículo de Hispanic Executive presenta Latinx y Latine como los “términos más inclusivos” para describir a las personas de ascendencia latinoamericana en Estados Unidos. La realidad es muy distinta: se trata de conceptos creados y difundidos en círculos académicos y activistas anglosajones que apenas tienen raíces en el mundo hispanohablante. No son el resultado de un proceso orgánico dentro de las comunidades hispanas, sino de una ingeniería lingüística externa que busca imponer categorías ajenas a la lengua española.

El término Latinx surgió en entornos universitarios de Estados Unidos a comienzos del siglo XXI, tomando como modelo el sufijo inglés “-x” utilizado para neutralizar el género. El problema es evidente: el español, a diferencia del inglés, tiene una morfología distinta y ha usado durante siglos la vocal -e como terminación naturalmente inclusiva y neutra en palabras como estudiante, cliente y dirigente. Por ello, para millones de hablantes nativos, Latinx resulta impronunciable y artificial: una forma inversa de colonialismo, un intento de imponer al español una solución pensada para otra lengua.

La variante Latine intenta resolver este problema, presentándose como una alternativa “más natural” para los hispanohablantes. Pero también es un invento importado, promovido en conferencias, ONG y departamentos de estudios culturales que rara vez reflejan el habla real de los pueblos hispanos. No es de extrañar que la mayoría de las encuestas muestren un rechazo abrumador: según el Pew Research Center (2020), solo alrededor de un 3 por ciento de los hispanos en EE. UU. se identifica con la etiqueta Latinx, mientras que la gran mayoría continúa utilizando Hispano o Latino.

La contradicción es flagrante. A los españoles del siglo XVI se les acusa de “imponer su lengua y su cultura”, pero hoy se pretende —una vez más desde la academia angloparlante— imponer nuevas etiquetas que no responden a ninguna necesidad real. Esto constituye un auténtico colonialismo cultural contemporáneo, que actúa con un objetivo claro: borrar identidades históricas —la hispana y la latina— que remiten a un patrimonio común de lengua, fe y civilización.

En definitiva, ni Latinx ni Latine representan a los pueblos de habla española y portuguesa de América. Son categorías ideológicas, diseñadas para fragmentar y diluir una identidad que ha perdurado durante siglos, reemplazándola por un artificio conceptual nacido de debates internos del activismo estadounidense más que de la realidad vivida por millones de hispanos.

El desprecio hacia “Hispano”

Uno de los aspectos más llamativos del artículo de Hispanic Executive es su empeño en presentar el término “Hispanic” como “ofensivo” o “insultante”. Esta afirmación no solo carece de fundamento, sino que contradice abiertamente la experiencia de millones de personas que se identifican con orgullo como hispanas. El propio nombre de la revista —Hispanic Executive— ilustra la incoherencia: ¿cómo puede una publicación que dice representar a los hispanos despreciar la misma palabra que figura en su cabecera?

El término Hispano tiene raíces históricas mucho más profundas que sus sustitutos modernos. Deriva de Hispania, el nombre romano de la península ibérica —cuna de la lengua y la cultura que florecieron en América—. En cambio, Latinoamérica es un invento francés del siglo XIX, acuñado bajo Napoleón III para justificar su intervención en México. La noción de “Hispano”, por el contrario, está arraigada en una continuidad lingüística y cultural genuina. En pocas palabras, Hispano no es un artificio geopolítico, sino la expresión de una herencia histórica tangible.

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Además, el término sigue plenamente vigente en Estados Unidos. Movimientos como “We Are Hispanic”, la celebración oficial del Mes de la Herencia Hispana (Hispanic Heritage Month) y el uso constante de la palabra por políticos de ambos partidos demuestran que, lejos de ser obsoleta o “colonial”, constituye un elemento vivo y unificador de identidad. Incluso Donald Trump, en varios de sus mítines, habló de los “great Hispanics” como parte esencial de la nación estadounidense.

A la luz de esto, el intento de borrar el término “Hispano” y reemplazarlo por etiquetas como Latinx o Latine no es un acto de inclusión, sino de aniquilación cultural. Supone sustituir una identidad histórica y compartida por otra que, bajo la apariencia de neutralidad, fractura y divide. Este desprecio hacia el nombre hispano revela, en última instancia, un temor más profundo: el miedo a reconocer que la Hispanidad es una de las raíces más perdurables y fundacionales de la sociedad estadounidense.

Identidades reales frente a ingeniería lingüística

La paradoja de este debate es que quienes más insisten en imponer nuevas etiquetas son, precisamente, quienes están más alejados de la vida cotidiana de los hispanos. En la realidad —tanto en América Latina como en Estados Unidos— las personas se identifican de manera concreta: mexicano, peruano, dominicano, cubano, colombiano… Estas identidades nacionales y regionales son las que poseen un auténtico fundamento histórico y cultural.

Las categorías más amplias, como Hispano o Latino, cumplen funciones prácticas —censos, políticas públicas, representación política— o simplemente resaltan una herencia común en el contexto estadounidense. Son términos adoptados orgánicamente por la propia comunidad, no impuestos desde arriba.

Por el contrario, Latinx y Latine representan una clara ingeniería lingüística: intentos de rediseñar el idioma y la identidad en laboratorios ideológicos ajenos a la realidad hispana. No son expresiones vivas, nacidas del pueblo y de su lengua, sino construcciones creadas para encajar en agendas académicas y políticas concretas. Su artificialidad se evidencia en el rechazo generalizado que provocan y en su falta de uso en la vida diaria.

Bajo la bandera de la “inclusión”, lo que realmente se promueve es la fragmentación. Una identidad histórica y culturalmente robusta —la hispana— se diluye en favor de neologismos que ni unen ni representan, sino que dividen y confunden. En el fondo subyace un motivo ideológico evidente: sustituir las raíces hispánicas por una categoría fluida, maleable y desvinculada de la historia real, más fácil de absorber en el marco cultural anglosajón.

Conclusión

El artículo de Hispanic Executive es un ejemplo claro de cómo ciertas élites intentan reescribir nuestra historia y nuestra identidad a través de marcos ajenos. Primero, inflando cifras sin respaldo documental para presentar la conquista de América como “el mayor genocidio de la historia”; después, intentando reemplazar términos vivos y arraigados —Hispano, incluso Latino— por neologismos ideológicos fabricados en laboratorios anglosajones.

A quienes dicen representarnos, hay que recordarles que la identidad hispana no necesita tutelas ni neologismos impuestos. La Hispanidad es una realidad histórica, cultural y lingüística que ha perdurado durante siglos y seguirá vigente mientras millones se reconozcan en ella. Lo que amenaza esa identidad no es una supuesta falta de inclusividad, sino la cobardía de quienes, en nombre de la modernidad, se arrodillan ante las imposiciones anglosajonas.

Dejen de intentar moldearnos según lo que otros quieren que seamos. Dejen de querer que nos convirtamos en lo que los anglosajones esperan que seamos. La verdadera fortaleza de nuestra comunidad está en reconocer lo que ya somos: herederos de una tradición hispana que nos da lengua, memoria, cultura y futuro.

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