noviembre 6, 2025

Source: Web Hispania

El presidente compareció ante el Senado como si vistiera el traje invisible de su propia impunidad. Pero todos lo vimos desnudo.

Pedro Sánchez compareció en el Senado la semana pasada por el caso Koldo. Era, en teoría, una cita para aclarar responsabilidades políticas. Pero lo que vimos no fue transparencia, sino un ejercicio de evasión. Un presidente que habla sin decir nada, que responde sin responder, que se escuda en la frase que ya resume toda su forma de gobernar: «No me consta».

Una, y otra, y otra vez.

Hasta convertir esas tres palabras en el retrato de una España cansada de escuchar mentiras.

Sánchez no acudió para dar explicaciones, sino para salir del paso. Mostró la soberbia de quien se cree por encima del juicio público. Y al hacerlo, se mostró tal cual es: un emperador desnudo que todavía cree que su traje invisible deslumbra a los demás. Pero ya nadie se deja engañar. Todos lo vimos. Todos lo entendimos.

El mantra del «no me consta»

Decir «no me consta» no es solo una evasiva; es una forma cobarde de negar la realidad sin mentir del todo. No se arriesga, no afirma ni desmiente: simplemente se esconde. Quien lo dice no busca verdad, busca impunidad.

Y si de verdad no le consta, entonces es un incompetente. Porque un presidente que ignora lo que pasa en su partido, en su gobierno y en su propia familia no puede seguir en su cargo.

O miente o no gobierna. En ambos casos, el resultado es el mismo: un país sin liderazgo y con un poder vacío de responsabilidad.

La cobardía, en España, ya no es un accidente: es un sistema.

Se ha hecho costumbre.

La vemos en los socios que se declaran valientes mientras huyen por la puerta de atrás. En los separatistas que escaparon en un maletero. En los que se decían revolucionarios y hoy viven del chantaje parlamentario. Y en los que disparaban por la espalda porque nunca se atrevieron a mirar a sus víctimas a los ojos.

Todos comparten la misma raíz: miedo, cobardía y desprecio por la verdad.

El payaso del circo

Durante su intervención, Sánchez calificó la comisión del Senado de «circo». Y tenía razón, aunque no como él pensaba: en ese circo solo había un payaso, y estaba sentado en el estrado.

Porque insultar al Senado es insultar a la democracia que te sostiene. Y hacerlo con sonrisa de suficiencia no es valentía, es miedo disfrazado de soberbia.

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Esa actitud no nace del valor, sino del pánico. Pánico a que el relato se derrumbe, a que la gente vea lo evidente: que el traje invisible no existe.

Todos lo vimos: responder sin responder, escabullirse entre tecnicismos, reírse de un país entero. Y, sin embargo, todavía hay quienes lo aplauden, como los cortesanos del cuento, fingiendo admiración por miedo o conveniencia.

La mentira siempre necesita cómplices.

El límite de la farsa

Sánchez no es el primer presidente cobarde ni será el último. Pero simboliza como nadie esta época de política de teflón, donde nada mancha y todo se justifica. Antes, el decoro obligaba a dimitir; hoy, el descaro se premia.

La mentira se aplaude si se dice con calma.

La arrogancia se confunde con liderazgo.

Y mientras tanto, la dignidad pública se deshace.

Lo peor es que esta cobardía ya no es solo suya: es la del sistema.

Ningún gobierno puede sostenerse en la mentira sin el consentimiento pasivo de los ciudadanos.

Cada «no me consta» encuentra eco en millones que repiten «da igual, todos son iguales». Y esa resignación es la peor forma de complicidad: la del pueblo que deja de exigir verdad.

Al final, el cuento de Andersen se repite. El emperador desfila, el pueblo calla y solo unos pocos se atreven a decirlo.

Pero toda farsa tiene un límite.

Algún día alguien —un periodista, un diputado o un ciudadano cualquiera— volverá a decir lo obvio: «El emperador está desnudo.» Ese día no importarán los aplausos ni las encuestas. Importará que alguien, por fin, haya tenido el valor de decir la verdad.

Y quizá entonces recordemos que en España no se gobierna con palabras, sino con honor.

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